El plan es…que no hay Plan.

Si te preguntas cuál es el plan de infraestructuras de España, la respuesta es que no hay plan. En este artículo explico por qué, y cuales son los ingredientes básicos del plan que necesitamos.

Fotografía: “Money Lays on the Ground”, Christian Wiediger en Unsplash.

El otro día leía sobre la jornada Sector Ferroviario: Liberalización y Mercados Internacionales, organizada por El País Economía y CincoDías. El ministro de Fomento en funciones anunció que se prorroga hasta octubre el plazo para que los operadores privados ferroviarios de pasajeros soliciten su entrada al mercado nacional. Además el ministro anunció el cambio de nombre del Ministerio de Fomento: pasará a llamarse Ministerio de Transporte, Movilidad y Agenda Urbana.

Sin embargo, el comentario más singular del ministro fue sobre la elaboración de una estrategia de “movilidad segura, sostenible y conectada que supere la visión de los planes de inversión en infraestructura del pasado“. ¿Está sugiriendo que los planes de inversión del pasado no propiciaban la seguridad, ni eran sostenibles, ni conectados? El ministro lleva razón en que hay que aprovechar la capacidad de las infraestructuras del transporte existentes, pero habla de una “estrategia”, sin detalles de en qué consiste ni cómo se va a llevar a cabo. Si te preguntas cuál es el plan de infraestructuras de España, la respuesta es que no hay plan.

Hay determinadas ideas y aspiraciones, como las que se describen en las Líneas Generales para la Legislatura de 2018, por cierto sorprendentemente similares a las del programa electoral del PSOE de este año 2019. Hay estrategias, y un documento llamado Plan de Infraestructuras del Transporte y Vivienda (PITVI 2012-2014) que ha quedado abandonado de facto y que nunca fue un verdadero Plan, en mayúsculas. ¿Por qué digo esto? Porque un verdadero Plan de infraestructuras debe tener:

  1. Un diagnóstico amplio y riguroso de la situación actual que responda a la pregunta ¿qué infraestructuras tenemos, y cuáles hacen falta?
  2. Una visión a largo plazo: ¿dónde queremos llegar con la inversión en infraestructuras?
  3. Un listado de actuaciones con su desarrollo en el tiempo: ¿exactamente qué inversiones hay que realizar y cuándo se van a llevar a cabo?
  4. Un plan detallado de viabilidad económico-financiera: ¿cómo se van a pagar esas infraestructuras?
  5. Un marco de trabajo bien definido -legal, institucional, técnico, de colaboración con el ciudadano y el sector privado: ¿con qué recursos y herramientas contamos y cuáles necesitamos para llevar a cabo el plan?
  6. Un mecanismo claro de control y evaluación de resultados: ¿cómo sabemos si se está o no ejecutando bien el plan?
  7. Un plan de contingencia: ¿qué hacemos si las cosas no salen como teníamos planeado?

Teniendo unos profesionales sobradamente capaces tanto en el sector público como en el privado y unas herramientas tecnológicas espectaculares, cuesta entender cómo hemos llegado a este punto. La cuestión es que sin un buen plan no habrá buenos resultados nunca, y por mucho que cueste dejar de lado las urgencias del día a día hay que dedicarle atención prioritaria al largo plazo y acordar un plan a la altura de nuestra calidad como sociedad y nuestra aspiración como país.

El punto de partida: el diagnóstico de la situación actual.

Es difícil de creer, pero no hay un diagnóstico detallado, sistemático y políticamente independiente de la situación actual de las infraestructuras. El pseudo-plan PITVI contiene varias páginas ocupadas en su mayor parte por descripciones a nivel macro de la dimensión de la red de infraestructuras del transporte, su marco institucional y su influencia en la economía. No da referencia alguna a informes sobre indicadores de estado y niveles de servicio, ni sobre cómo se mide la calidad del servicio.

Parece ser que los redactores del pseudo-plan dieron por sentado que como expertos conocen exactamente cómo están las infraestructuras existentes y cuáles se necesitan; por tanto, no es necesario justificar más detalles. Por otra parte, el PITVI sólo aborda el transporte y la vivienda. Dejaremos para otro relato la cuestión de la coordinación con los ministerios responsables del resto de infraestructuras: centrales de producción eléctrica y líneas, redes de telecomunicaciones, presas, infraestructuras de abastecimiento de agua y saneamiento, etc.

Lego
¿De verdad tengo todas estas infraestructuras? Foto: Rick Mason en Unsplash

No estamos solos. España, como le ocurre a muchos países, no conoce con precisión el stock real de infraestructuras que tiene. Tenemos aproximaciones, como la base de datos de inversión pública del Fondo Monetario Internacional, pero no tenemos un catálogo actualizado y homogéneo de las infraestructuras con las que cuenta el país, el estado en el que están y el nivel de servicio o funcionalidad que tienen, es decir en qué medida cumplen su función y repercuten positivamente en nuestras vidas.

Sí sabemos que las infraestructuras se están depreciando a gran velocidad por falta de inversión. La Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal AIReF ya señalaba en 2018 que el stock de capital público en España es muy elevado, situándose por encima de la media europea. Esto obliga a que la inversión bruta vaya destinada a mantenimiento y amortizaciones, dejando poco espacio para la nueva inversión neta.

Tenemos mucha inversión realizada. ¿Esto es bueno? Desde luego es mejor tener exceso de infraestructuras que defecto, y el efecto solo se podrá evaluar con certeza transcurridos años (el efecto económico de las infraestructuras es a largo plazo). Sí sabemos, no obstante, que toda esa inversión no se ha llevado a cabo de forma bien planificada.

En el informe referido antes, AIReF señalaba que “La selección de proyectos no ha priorizado criterios de eficiencia económica y de alineación de incentivos“. Es decir: no se ha planificado. En el caso de la eficiencia, dice que “el gasto en infraestructura es gasto productivo, pero las inversiones deben ser eficientes y no estar infrautilizadas. Ello implica un proceso previo de selección y evaluación de proyectos, identificando su racionalidad económica y sus impactos“. Y sobre la alineación de incentivos (sentido para el conjunto y gestión del riesgo) dice que “es preciso que se garanticen los incentivos adecuados en la ejecución de proyectos de inversión, acotando el riesgo en los mismos para la Administración Pública“, apuntando claramente a las dificultades de las distintas fórmulas de provisión (gestión directa, concesión, etc.) y a la Responsabilidad Patrimonial de la Administración, que tanto ha dado que hablar en el caso de las radiales.

Jornada Colegio de Caminos - AIREF
El presidente de AIReF, José Luis Escrivá, en la Jornada de la Fundación Caminos en abril de 2018. Foto:AIReF

Para una mejor idea de lo que hablamos cuando hablamos del riesgo inherente a las decisiones de la Administración en materia de infraestructuras, en un artículo anterior de este blog puedes leer cómo la falta de rigor en la gestión de un contrato de concesión de obra pública ha derivado en un pleito que podría acabar costando al contribuyente 3.000 millones de euros.

¿Qué es un buen diagnóstico?

No hay fórmula mágica, pero sí tenemos modelos que apuntan a las buenas prácticas. En Estados Unidos, la American Society of Civil Engineers elabora cada cuatro años un informe de evaluación de las infraestructuras del país, que cuenta con amplia difusión mediática y es una de las referencias principales en los foros sectoriales y políticos. En Reino Unido, la Institution of Civil Engineers algo similar cada año, elaborando un informe independiente sobre el estado de las infraestructuras cuyas conclusiones y recomendaciones se presentan en el parlamento y en los medios de comunicación.

La infraestructura de EEUU saca un aprobado raspado. Fuente: ASCE Infrastructure Scorecard 2017

Una posibilidad en España es que el Ministerio de Fomento -o mejor aún: una comisión interministerial- contratase un informe independiente sobre el estado de las infraestructuras, cuyo alcance y aplicación fuese consensuado con la Federación de Municipios y Provincias, las asociaciones profesionales del sector, la AIReF y las asociaciones de usuarios. El informe podría contar con un comité supervisor con representación de los distintos grupos de interés para garantizar la independencia y el cumplimiento de los objetivos de rigor y transparencia.

Más allá del diagnóstico

La visión de qué país queremos tener y qué papel juegan las infraestructuras en esa visión es, por cuestión política, quizás el punto de la planificación que más desarrollado tenemos en nuestro país. De hecho, se puede decir que no tenemos un plan, sino una visión. Un listado de aspiraciones.

Tampoco tenemos un presupuesto. El PITVI tiene unos párrafos donde se muestran los totales de inversión estimada para cada tipo de modo de transporte además de la vivienda. En ningún caso se menciona cómo se van a financiar esas inversiones (la sección 5.2 Fuentes de Financiación es una colección de generalidades y vaguedades), y mucho menos se habla de los costes de operación y mantenimiento previstos. Ahora que el PITVI está en hibernación nos tenemos que contentar con una declaración de intenciones del 2018 que el Ministerio llama Líneas Generales para la Legislatura, donde no hay un listado de actuaciones, ni presupuesto, ni referencia a los mecanismos de financiación a pesar de que sí se anuncia la supresión de peajes en autopistas. Se afirma por otro lado que se continuará el Plan Extraordinario de Inversiones en Carreteras (PIC), que a fecha de julio de 2019 sigue sin arrancar.

Un plan sin presupuesto ni estudio de fuentes de financiación es un brindis al sol. Este problema es sistemático en la Administración española, tanto central como autonómica y local, y está en el centro de la debilidad del proyecto de país.

¿Tu familia se plantearía comprar una casa sin saber dónde, cuánto os va a costar ni cómo la vais a pagar? Seguro que no. Entonces, ¿cómo es que no sabemos cuánto se prevé invertir en infraestructuras, cuánto costará explotarlas y mantenerlas y de dónde va a salir todo ese dinero? El rigor y la transparencia en este asunto es una necesidad básica que debemos abordar urgentemente para garantizar la legitimidad y la sostenibilidad del sistema.

Como ejemplo de lo que constituye un buen plan, en contraste de lo que ocurre con el Ministerio de Fomento, podemos tomar el Plan 2050 del Área Metropolitana de Chicago. Este plan explica con puntos y comas la visión, el plan de trabajo, el presupuesto detallado, el origen de los fondos y los mecanismos de ejecución y seguimiento. El ciudadano puede a través de la web del plan hasta consultar los salarios de los directivos públicos involucrados en proyectos de inversión específicos.

Volvamos al PITVI -nuestro pseudo-plan durmiente-, en busca de los mecanismos de seguimiento y evaluación, es decir las herramientas con las que contamos la Administración y el contribuyente -y las que necesitamos- para asegurar que el plan se lleva a cabo correctamente, detectar las posibles desviaciones y tomar las medidas de ajuste que correspondan. La sección IV. SEGUIMIENTO Y GESTIÓN del plan habla de los instrumentos de seguimiento y evaluación, la concertación y cauces de participación ciudadana y las revisiones y adaptaciones futuras del plan. En su forma, adecuado. En el contenido, una vez más, vaguedades y generalidades.

El PITVI dice textualmente: “se instrumentará, de forma paralela a su desarrollo y puesta en marcha [del plan], un sistema de seguimiento y evaluación rigurosa, objetiva y permanente del mismo“. Y designa al Observatorio del Transporte y la Logística en España (OTLE) como responsable de este seguimiento, asegurando que “analizará el grado de desarrollo de las actuaciones contempladas en el PITVI así como su contribución a la consecución de los objetivos especificados en el plan“. Os invito a repasar los informes y los datos que el observatorio publica en su web. Si no tenéis tiempo ni interés, os avanzo un par de observaciones:

  1. No hay referencia alguna al grado de cumplimiento del PITVI.
  2. Ningún indicadores del Observatorio permite valorar la efectividad y la eficiencia de la administración y el resto de actores involucrados en la ejecución del plan.
  3. En los pocos indicadores que permitirían hacer una aproximación lejana al grado de cumplimiento del plan, como por ejemplo el 3.1.2 Evolución Comparada de la Inversión, el VAB (valor agregado bruto) y la demanda de transporte, solo se dispone de datos hasta el 2016, en totales por modalidad (sin detalle por proyecto ni programa) y en PDF.
Indicador 3.1.2: Evolución comparada del stock de infraestructura, el VAB y la demanda de transporte. Fuente: OTLE

Un verdadero Plan ha de dar respuestas a las preguntas que determinan su éxito como “empresa nacional”, en el más amplio sentido de la palabra, como por ejemplo:

  • ¿Las instituciones y leyes (principalmente la de contratos del sector público) que tenemos son suficientes y adecuadas para hacer el plan una realidad en el contexto que nos encontramos?
  • ¿Qué capacidades y talento tiene el sector público y qué recursos necesita para hacer frente a los retos modernos de las infraestructuras, en el contexto de un programa integrado a nivel nacional?
  • ¿Cuál es la capacidad y talento del sector privado y las asociaciones profesionales de contribuir a la realización de este plan de infraestructuras?
  • ¿Qué mecanismos de colaboración con las partes interesadas hay que articular para cada caso concreto, y para el plan en general?
  • ¿Qué instrumentos de seguimiento y evaluación se usarán?

En el capítulo 6 del monográfico sobre PPPs de este blog hago un análisis más detallado sobre la importancia de los recursos, la transparencia y el marco de gobernanza en las políticas de infraestructuras, con especial atención a la colaboración público privada, que precisamente menciona -pero no concreta- el PITVI como mecanismo fundamental de provisión.

Tenemos madurez y capacidad más que suficiente -hablo tanto del colectivo del sector infraestructuras como del país- para abordar el reto de la planificación en un entorno tan complejo y volátil. Es cuestión de organizarnos bien. Espero que las declaraciones del Ministro de Fomento de “más datos y menos hormigón” signifiquen que el Ministerio y otras instituciones del Estado están trabajando de forma decidida y coordinada en la elaboración de un verdadero Plan de Infraestructuras porque, de momento, el plan es que no hay plan.

PPPs en Crisis (5). Eficiencia

Segundo pilar de las PPPs: Mayor eficiencia en la prestación: hacer posible servicios más eficientes y fiables gracias a la participación del sector privado

Fotografía: Penang, Malaysia: Cranes of Penang Harbour by CEphoto, Uwe Aranas (2014)

El segundo pilar de los PPPs es la introducción de mayor eficiencia y fiabilidad en la construcción de la infraestructura y en la gestión del servicio por parte del sector privado. Estos beneficios esperados a corto y medio plazo se conocen como “outputs” en terminología inglesa. La mayor eficiencia, sin embargo, no es inherente al sector privado, sino a los mecanismos que hacen posible la alineación de intereses y capacidades de las partes.

En Reino Unido, donde el modelo PPP se puso en práctica por primera vez, el tribunal de cuentas  (National Audit Office) llevó a cabo en 2018 una evaluación integral del programa Private Finance Initative (PFI) que incluye más de setecientos proyectos de infraestructura social a lo largo de tres décadas con una inversión total acumulada de 60.000 millones de libras y pagos al sector privado cercanos a los 10.000 millones de libras al año. El informe concluye que esta forma de PPP ha resultado entre un 40% y un 60% más cara que la alternativa pública.

Entre las causas del sobrecoste que detalla el informe, destacan la escasa eficiencia en construcción y explotación por parte del socio privado, el no sostenimiento de las condiciones iniciales de contrato (modificaciones oportunistas) y la inflación intencionada de los precios.

El sector de la construcción es hasta un 50% menos productivo que otros sectores industriales y en términos nominales es menos productivo que hace 50 años. Estudios recientes muestran además que la gran mayoría de las grandes obras públicas acaban sistemáticamente excediendo los costes y los plazos establecidos. Se desprende entonces que mientras no se aborde el grave problema de la productividad del sector, los PPPs seguirán siendo operaciones arriesgadas para el contribuyente.

La extracción de beneficios de la empresa concesionaria a través de empresas subcontratistas vinculadas que repercuten precios inflados a ésta es una práctica no poco habitual en el sector, con mecanismos de subcontratación poco transparentes y no sujetos a competencia. Esto puede derivar en baja rentabilidad o pérdidas para la concesionaria, menor disponibilidad de reservas para reinversión y contingencias, déficits en el estado de la infraestructura, deterioro del servicio y menor demanda de uso. Un círculo vicioso que en ocasiones termina en la quiebra de la concesionaria, necesidad de rescate mediante fondos públicos, posibles cortes del servicio y en cualquier caso generación de desconfianza en este tipo de colaboraciones.

Aunque existe el potencial para mejorar la eficiencia en la prestación del servicio mediante PPPs, no se dispone aún de mecanismos suficientemente contrastados para gobernar estas dinámicas y asegurar que esta eficiencia se materializa.

Los costes de transacción (gastos de planificación, preparación contratación y financiación) de estas operaciones son elevados, por lo que el sector privado favorecerá las inversiones más cuantiosas -por economías de escala e intereses de asesores y agentes. Según mi experiencia en la estructuración de PPPs de infraestructuras, el coste promedio de preparación y contratación de un PPP para el sector público es de entre el 2% y el 3% de la inversión total.

De ahí que muchos gobiernos opten por la agregación de proyectos (“bundling”) para hacerlos más atractivos al mercado. Pero no es el tamaño de la infraestructura lo que aporta valor social y económico, sino el cumplimiento de los requisitos de funcionalidad y calidad del servicio.

Factores que erosionan el principio de captación de mayor eficiencia

Volviendo al ejemplo anterior de los terraplenes de autopistas, no es su construcción en masa lo que requiere de deuda y eficiencias privadas para generar valor público, sino las combinaciones de innovación técnica y financiera que pueda traer el sector privado para garantizar unas condiciones sostenidas de comodidad y seguridad en la circulación. Combinar elementos de alta y baja eficiencia en una sola estructura contractual de financiación más costosa es otro de los círculos viciosos que perpetúan la disfuncionalidad del modelo. El criterio de escala no garantiza las ganancias de eficiencia y en muchos casos, de hecho, las desincentiva por mezclar dimensiones divergentes del problema.

En el planteamiento de colaboraciones a largo plazo sería más racional y coherente desagregar el problema de la infraestructura en partes según las dinámicas que comentamos, asignado después capacidades públicas y privadas solo en aquellas áreas y aquellos componentes donde sean posibles mecanismos de gobernanza que creen dinámicas sostenibles para las partes, mientras se aseguran la calidad y la continuidad del servicio. El problema de la desagregación está en el llamado “riesgo de interfaz”, que se refiere a los posibles conflictos que se produzcan entre las partes responsables de cada lado. Como se comentará más adelante, la tecnología combinada con instrumentos poderosos de gobernanza como la transparencia pueden reforzar de estas interfaces, reduciendo el riesgo de conflicto.

En cuanto a la contratación pública de PPPs, el objetivo de eficiencia se da de bruces con la complejidad y duración de los procesos de contratación y los mecanismos de gestión, que hacen de barrera de facto a la competencia y tienen a la larga un efecto de concentración del sector por economías de escala y por escasez de talento profesional, resultando en un menor número de ofertas competidoras para contratos de enorme cuantía económica y relevancia social.

La eficiencia en los procesos de contratación pública tiene una relación directa con la eficiencia última en la prestación del servicio y en la creación de valor público.

El argumento de eficiencia en los PPPs no es por tanto autosuficiente y requiere de diagnósticos claros e independientes de las capacidades de las partes, sus intereses y sus riesgos para después articular mecanismos de gobierno que creen dinámicas de confianza y colaboración.

PPPs en Crisis (4). Financiación

Primer pilar de las PPPs: Mayor captación de inversión – hacer posibles las infraestructuras.

Fotografía: Carlsbad Desalination Plant. George J Janczyn (2016)

 

El principal y más poderoso motivo por el que los gobiernos se interesan por el modelo PPP es la captación de mayores recursos financieros para financiar obras públicas, con la idea de que se conseguirán más infraestructuras sin aumentar la deuda pública.

Las obras públicas en su gran mayoría tienen un coste de inversión muy alto y unas tasas de repercusión de costes al usuario bajas -por motivos principalmente políticos, necesitando subvenciones a la tarifa en muchas ocasiones.

El corsé de responsabilidad fiscal y la falta de instrumentos financieros flexibles, innovadores y socialmente responsables empujan a muchas administraciones hacia el uso de instrumentos como los PPPs altamente endeudados mediante préstamos comerciales, para financiar infraestructuras que en el corto plazo no son económicamente autosuficientes. No cuesta ver que se trata de un espejismo, el espejismo de los PPPs, si recordamos que, en la práctica, tan sólo una mínima parte de las infraestructuras públicas se consiguen financiar por esta vía (ver gráficas en el capítulo 2).

El espejismo de los PPPs se hace más patente en las administraciones regionales y locales, deseosas de ver en sus territorios fenómenos de desarrollo que observan en las grandes ciudades, siendo más fácilmente “seducibles” por el atractivo de las grandes inversiones privadas.

Difícilmente observan estos gobiernos que son precisamente las dinámicas de las grandes ciudades las que crean los flujos continuados de dinero que sustentan la inversión privada en el largo plazo, y no la fórmula PPP en sí. Aquí es donde precisamente hay un mayor riesgo de fracasos estrepitosos de PPPs, que avivan la oposición pública a este tipo de colaboración. Recordemos el caso del aeropuerto de Ciudad Real y la huella que ha dejado en la conciencia colectiva española.

En ausencia de flujos continuos de ingresos, el sector privado no acude a competir a menos que existan mecanismos que complementen al pago por uso (ayudas a la inversión, cofinanciación, pago por disponibilidad) o instrumentos de cobertura (garantías públicas y seguros), que como han puesto de manifiesto Eurostat o el Tribunal de Cuentas Europeo acaban frecuentemente desvirtuando el principio de transferencia de riesgos por el cual se asume un mayor coste de la deuda (privada) a cambio de una mayor eficiencia en la prestación. La propia ley española de contratos del sector público de 2017 contiene ya disposiciones detalladas (Art.14) sobre la transferencia del riesgo operacional, algo que no existía en la anterior ley y se ha incorporado a partir de las exigencias de la Directiva Europea de Concesiones.

Un ejemplo de gestión pública cuestionable del riesgo operacional lo tenemos en la concesión de ACESA, la primera de carreteras de España, que nació en 1967 y después de cincuenta y dos años perdura gracias a sucesivas modificaciones y ampliaciones del contrato de concesión que han sido deficientemente gestionadas por el gobierno: la última modificación de 2006 ha derivado en una demanda de la empresa concesionaria al gobierno, a quien reclama cerca de 3.000 millones de euros de compensación.

Por otra parte, muchos de los elementos más costosos de las infraestructuras tienen vidas útiles muy largas, llegando a estar por encima de los 50 años (por ejemplo, las grandes estructuras y los terraplenes de las autopistas). La contabilidad de estos activos se realiza en la práctica con tasas de amortización acelerada, que resultan en períodos de amortización mucho más cortos que los de deterioro físico real y permiten una reducción de la base imponible del impuesto de sociedades. Conviene además recordar que las sociedades vehículo con frecuencia se articulan mediante complejas estructuras societarias y flujos de capital a través de filiales en paraísos fiscales. Estas grandes operaciones financieras son susceptibles por tanto de contribuir a la erosión de la base imponible y al traslado de beneficios, que debilita sensiblemente la capacidad de conseguir un objetivo fundamental de los PPPs: la creación de valor público.

Factores que erosionan el principio de captación de recursos adicionales

Un caso notable es el de Thames Water, la empresa privada que gestiona el suministro de agua y el alcantarillado de Londres, que se ha visto envuelta en enormes controversias por haber repartido grandes dividendos a sus sucesivos accionistas mientras la calidad del servicio se ha reducido y la deuda financiera ha aumentado enormemente, a pesar de los sofisticados mecanismos de control del regulador público. Recordemos que en el Reino Unido se llevó a cabo en la década de los ochenta la privatización de las empresas responsables del suministro de agua y alcantarillado urbano, estableciendo un ente regulador independiente, OFWAT, que impone los objetivos de calidad del servicio, las estructuras de tarifas, los requisitos de inversión y los límites de rentabilidad de estos operadores.

Este caso no es el único en la madura experiencia de la participación privada en el agua en Inglaterra: un estudio exhaustivo de la Universidad de Greenwich concluyó en 2018 que las subidas en la factura del agua de los hogares (un 40% desde la privatización de los servicios desde 1989) han acabado sufragando los crecientes intereses de la deuda, a pesar de que estas subidas se diseñaron en base a previsiones de crecimiento de costes e inversiones en ampliaciones y mejora de la infraestructura.

El argumento de mayor captación de financiación en los PPPs requiere por lo tanto de un estudio detallado de los fundamentos legales y financieros de las infraestructuras, pero más aún de cómo abordan la naturaleza del servicio y cómo condicionan las dinámicas de intereses, capacidades y limitaciones de las partes implicadas, así como del establecimiento de mecanismos de gobernanza que ayuden a afianzar los objetivos de largo plazo. No olvidemos que los grandes proyectos de interés público como los PPPs trascienden las cuestiones financieras, que actualmente acaparan toda la atención. La cuestión de los recursos para inversión ha de ser un elemento más en el conjunto de factores en la toma de decisiones estratégicas para el territorio.